Magazine Gastronomía Tetas de monja o pelotas de fraile: los dulces más atrevidos del convento

Tetas de monja o pelotas de fraile: los dulces más atrevidos del convento

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Pelotas de fraile
Pelotas de fraile. Por Printemps

La repostería tradicional española está ligada a los conventos sin ninguna duda. Muchas recetas surgieron en el interior de esos edificios en los que mujeres y hombres devotos al dios católico se mudan para alejarse del resto del mundo por razones espirituales. Y en sus cocinas de pronto surgían combinaciones de ingredientes que daban lugar a dulces cuyo sabor ha llegado hasta hoy.

Es raro que una región no tenga su propia delicia clerical. De hecho, trazar rutas para ir saltando de uno a otro convento con ‘tienda’ de pastas no sería en absoluto complicado. El viaje podría partir de Santillana del Mar para probar la tableta (un tipo de bizcocho sin levadura) elaborado por las monjas clarisas del convento Regina Coeli. El siguiente destino podría ser el monasterio de Nuestra Señora de Belén del pueblo leonés Toral de los Guzmanes, donde se pueden adquirir sus famosos huesos de Fray Escoba o tartas de Belén.

En Jaén, en el pueblo llamado Martos, las monjas comercializan una tentación dulce llamada trufas de Santa Teresa y en Málaga, las cinco hermanas clarisas que residen en el convento de Santa María de la Encarnación de Coín tientan a los golosos con sus originales tartas heladas. Un secreto: los fieles de la magdalena deben saber que una de las mejores recetas es la que se guarda en el Real Monasterio de Nuestra Señora de la Consolación en Calabazanos, Palencia

Pero más allá de las peculiaridades de las pastas y confituras religiosas relacionadas con el aspecto meramente gastronómico, hay otras golosinas de clausura que llaman la atención por sus nombres, más propios de la repostería erótica que de la contemplativa. Los orígenes de sus calificativos no suelen estar muy claros en general –como ocurre con muchas recetas populares– pero actualmente sería muy difícil cambiarlos. Pocas campañas de marketing podrían superar el gancho de las tetas de monja.

Tetas de monja

Tetas de monja
Tetillas de monja o tetas de monja. Por El Beato

Las tetas de monja son uno de los ‘títulos’ más populares. No solo se refiere a una especialidad sino que hay diferentes variedades, que suelen tener en común la forma más que el gusto, la textura o los ingredientes.

Están por ejemplo las de Ávila o Burgos –donde también las llaman ‘tetillas’–, que son unas pastas que sí se puede decir que se asemejan a un seno femenino. Están elaboradas con harina de trigo, huevo, mantequilla y en algunos casos almendras y en otros, nata. Unos componentes propios de la repostería de convento.

Más o menos los que llevan las tetas de novicia –otra variación local– a los que se les une el anís. No podría ser de otra manera, porque son un dulce clásico de Chinchón. Hay una leyenda que dice que el nombre se lo puso una monja harta de que el borracho del pueblo les gritase obscenidades relacionadas con su pecho a ella y a sus hermanas cuando llevaban los dulces a la plaza de la localidad para comercializarlos. 

Un día, la clarisa (pertenecía a dicha congregación), le dio al gritón una pasta con forma de seno y le dijo que ya podía degustar tetas de novicia cuando quisiera. Sea verdad o no, el nombre se mantiene hasta hoy y son pocos los golosos que se van del pueblo sin probarlas.

En las Islas Baleares también tienen su propia versión –mamellas de monja– aunque son diferentes a las anteriores. En este caso no se trata de una pasta, sino que más bien es un confite con base de galleta, pasta de almendras y cobertura de merengue. La avellana que corona cada unidad funciona a modo de pezón para darle apariencia de seno. Se asocian principalmente a Menorca, aunque también se elaboran en Mallorca

Pelotas de fraile

Pelotas de fraile
Pelotas de fraile. Por Printemps

O mundialmente conocidas como ‘berlinesas’ pero, sin duda, esta es una forma mucho más eficaz de llamar la atención de los clientes. Pueden ser de muchos sitios, ya que sus orígenes no están muy claros y se reclaman desde diferentes puntos: Portugal, Castellón y Chinchón, donde son muy populares junto a las mencionadas tetas de novicia. Es importante mencionar que voces procedentes de Colmenar de Oreja reclaman la propiedad de su procedencia de manera contundente.

Curiosamente, en América Latina también existen y tienen una historia que justifica su curioso nombre. El anarquista italiano Ettore Mattei creó en 1887 la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos y al año siguiente sus miembros se pusieron en huelga. Además de paralizar su actividad, su protesta se extendió hasta los nombres de sus creaciones, de ahí las pelotas de fraile (el anarquismo no casa muy bien con lo religioso).

Pedos de monja

Pedos de monja
Pedos de monja. Por Tina Vallès

Las religiosas y su idiosincrasia han sido una buena fuente de inspiración para los responsables del marketing de los dulces clericales. Muchas veces de manera involuntaria como es en este caso. 

Según el cronista asturiano José María Fidalgo, estas galletas se llaman así por una traducción mala avenida. Un pastelero de origen italiano asentado en Barcelona en XIX llamó a su creación ‘petto di monaca’ (teta de monja) pero los clientes, bien por hacer la gracia o bien por confusión, empezaron a llamarlas ‘pets de monja’ (pedos de monja).

En México también son aficionados a los pedos de monja pero los de allí poco tienen que ver con los catalanes. Se empezaron a fabricar en el país, en Querétaro concretamente, como consecuencia de la llegada de los españoles al continente, pero la receta se ha modificado con el tiempo y ahora se asemejan más a un bombón o una trufa de chocolate.

Cojones del anticristo

Cojones de anticristo
Cojones de Anticristo. Por Mauro Entrialgo

Tiene más nombre de chupito que de golosina, pero son unas galletas típicas de la zona cántabra de Liébana. Hay una historia que justifica (por decirlo de alguna manera) lo chocante de su nomenclatura: por lo visto, el monje conocido como Beato de Liébana y el obispo de Osma (llamado Eterio) mantuvieron una discusión con el arzobispo Elipando de Toledo. El conflicto tenía motivos teológicos pero el rifirrafe se calentó y el Beato acabó llamando a Elipando ‘cojón del Anticristo’.

Por lo visto, la vulgaridad es producto de otra confusión lingüística del latín: el de Liébana no quería llamarle ‘testículo’ sino ‘testigo’ (testigo de Satán, que viene a ser, hijo de Satanás o similar), pero ‘cojón de anticristo’ es más violento y, por qué no decirlo, divertido. Lo que son las cosas, con el paso de los años, la pelea tuvo un final dulce.

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